La historia relata los inicios semióticos de la comunicación, los cuales ocurrían mediante signos y símbolos interpretados en el marco de procesos relacionales. También sucedían los gestos, los cuales respondían a emociones y sentimientos compartidos. Luego, los signos formaron parte de sistemas organizados que le dieron sentido a las palabras, frases y oraciones escritas y con sonido para ser comunicadas.
En lo personal, los antecedentes comunicacionales no se remontan a tanto, se remiten al periódico escrito, la radio con sus ondas hertzianas, el telégrafo con sus códigos e impulsos eléctricos y las cartas escritas en lápiz y papel para ser introducidas en un buzón y tener fé en que llegaran a destino. De allí, aprendimos a usar algunas herramientas artesanales y mecánicas como la batea para imprimir comunicados y periódicos locales, el multígrafo para realizar lo mismo más rápido, los dazibaos, carteleras y murales para dejar mensajes con mayor permanencia y el proyector de películas de 16 mm para realizar cine foros en diversas locaciones.
En toda esta historia nuestra, la cual fue evolucionando hasta la actualidad, la comunicación ha estado comprometida con la verdad en la que creemos y defendemos, y con la formación de ideas transformadoras y desarrollo del pensamiento crítico en nuestros interlocutores.
Para ser militantes de la comunicación comprometida, aprendimos a ser acuciosos y así tener argumentos sólidos y consistentes en nuestros relatos e informaciones, a tener coherencia en los discursos orales o escritos que emitimos y a tratar de enfocar temas con pertinencia en los momentos y contextos donde se desarrollen los hechos relevantes. Todo ello, nos impulsa a expresar opinión propia y responsable sobre lo que comunicamos, con elementos argumentativos suficientes para los debates necesarios.
“Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos” Eduardo Galeano